miércoles, 25 de marzo de 2026

La vida cristiana

 La vida cristiana

En esta época que nos toca vivir, en la que resulta tan  fácil y atractivo dejarse llevar por las tendencias  mundanas profundamente contaminadas por la autosuficiencia, el hedonismo, el materialismo, e incluso el  conformismo y una larga lista de obstáculos similares,  no somos capaces de ver el destino al que nos llevan,  o al menos comprender su transcendencia en toda su  dimensión: el alejamiento de Dios.
El demonio ha progresado mucho, aprendiendo de sus  fracasos a lo largo de la historia, y ha logrado que en  este momento histórico el hombre se estime tan  autosuficiente como para construir un mundo sin Dios.  Lleva siglos de trabajo, y ahora está tratando de  encontrar la yugular a la vida cristiana superviviente de  sus últimos coletazos, inyectando sus venenos espirituales como el poder, el placer sensorial, y la duda o  confusión sobre el amor de Dios. 
La vida en Dios y con Dios se percibe como ardua,  incómoda, exigente en exceso, inalcanzable y supuestamente prescindible. Quienes así piensan sólo  contemplan la religión como un código de ordenanzas morales que obedecer, y no como una verdadera guía,  basada en la autoexigencia eso sí con ayuda de la  gracia, para lograr una vida espiritual, armoniosa, plena  y salvífica. La imagen de Dios que se nos ha enseñado  está muy deformada, no se corresponde con la realidad  del amor que como Padre nos tiene; no se ha dado la  suficiente relevancia a la libertad con la que nos ha  creado y que respeta de manera absoluta, pero que  conlleva una gran responsabilidad y es además fuente  de muchos de nuestros males; y la Verdad ha permanecido velada.
Nosotros, como hijos de Dios, somos por ello  herederos con Cristo, y estamos salvados por mera  gracia de Dios; no podemos desarrollar una determinada conducta ni cumplir un código moral lleno de  preceptos que garantice nuestra salvación. La vida  cristiana se basa en algo más simple, y a la vez  complicado, como es la actitud de gratitud al sabernos  acreedores del amor de Dios de manera incondicional,  por pura gracia, y no sólo independiente de nuestros  méritos, sino incluso a pesar de nuestros pecados.  Ante esta realidad, la respuesta espontánea es un  corazón agradecido, que no emana tanto de nuestra  voluntad (Fil 2, 13) como del Espíritu Santo, que nos  revela el inmensurable valor del regalo que recibimos, y  nos mueve a querer corresponder a nuestro Padre (Rom 8, 14), dejándose llevar allá donde el Espíritu  sople, buscando activamente la voluntad de Dios (Fil 2,  12) aunque ello implique desasirnos de las propias  seguridades y salir de nuestra zona de confort.
Este es el cambio de vida al que estamos llamados  todos los cristianos, la conversión, la transformación de  nuestro ser abandonando los criterios mundanos y  carnales que determinan nuestros actos y nuestras  decisiones, y sustituyéndolos por los criterios de Cristo  (Mt 25, 34-36). Esta sumisión a la transformación es,  por así decirlo, el equivalente a nuestro acto formal de  aceptación de la herencia del Padre, y que conlleva un  proceso de aprendizaje. Pero el camino está trazado  por el propio Cristo, destacado por las enseñanzas de  San Pablo (Rm 12, 1-2), e iluminado por las vidas de  tantos santos que a lo largo de la historia nos han  precedido en este caminar hacia Dios.
Ante todo esto sólo cabe agradecerle a Dios proclamando ¡¡¡A ti el honor y la gloria!!!
   

                                   Gonzalo Fernández 

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