La vida cristiana
En esta época que nos toca vivir, en la que resulta tan fácil y atractivo dejarse llevar por las tendencias mundanas profundamente contaminadas por la autosuficiencia, el hedonismo, el materialismo, e incluso el conformismo y una larga lista de obstáculos similares, no somos capaces de ver el destino al que nos llevan, o al menos comprender su transcendencia en toda su dimensión: el alejamiento de Dios.
El demonio ha progresado mucho, aprendiendo de sus fracasos a lo largo de la historia, y ha logrado que en este momento histórico el hombre se estime tan autosuficiente como para construir un mundo sin Dios. Lleva siglos de trabajo, y ahora está tratando de encontrar la yugular a la vida cristiana superviviente de sus últimos coletazos, inyectando sus venenos espirituales como el poder, el placer sensorial, y la duda o confusión sobre el amor de Dios.
La vida en Dios y con Dios se percibe como ardua, incómoda, exigente en exceso, inalcanzable y supuestamente prescindible. Quienes así piensan sólo contemplan la religión como un código de ordenanzas morales que obedecer, y no como una verdadera guía, basada en la autoexigencia eso sí con ayuda de la gracia, para lograr una vida espiritual, armoniosa, plena y salvífica. La imagen de Dios que se nos ha enseñado está muy deformada, no se corresponde con la realidad del amor que como Padre nos tiene; no se ha dado la suficiente relevancia a la libertad con la que nos ha creado y que respeta de manera absoluta, pero que conlleva una gran responsabilidad y es además fuente de muchos de nuestros males; y la Verdad ha permanecido velada.
Nosotros, como hijos de Dios, somos por ello herederos con Cristo, y estamos salvados por mera gracia de Dios; no podemos desarrollar una determinada conducta ni cumplir un código moral lleno de preceptos que garantice nuestra salvación. La vida cristiana se basa en algo más simple, y a la vez complicado, como es la actitud de gratitud al sabernos acreedores del amor de Dios de manera incondicional, por pura gracia, y no sólo independiente de nuestros méritos, sino incluso a pesar de nuestros pecados. Ante esta realidad, la respuesta espontánea es un corazón agradecido, que no emana tanto de nuestra voluntad (Fil 2, 13) como del Espíritu Santo, que nos revela el inmensurable valor del regalo que recibimos, y nos mueve a querer corresponder a nuestro Padre (Rom 8, 14), dejándose llevar allá donde el Espíritu sople, buscando activamente la voluntad de Dios (Fil 2, 12) aunque ello implique desasirnos de las propias seguridades y salir de nuestra zona de confort.
Este es el cambio de vida al que estamos llamados todos los cristianos, la conversión, la transformación de nuestro ser abandonando los criterios mundanos y carnales que determinan nuestros actos y nuestras decisiones, y sustituyéndolos por los criterios de Cristo (Mt 25, 34-36). Esta sumisión a la transformación es, por así decirlo, el equivalente a nuestro acto formal de aceptación de la herencia del Padre, y que conlleva un proceso de aprendizaje. Pero el camino está trazado por el propio Cristo, destacado por las enseñanzas de San Pablo (Rm 12, 1-2), e iluminado por las vidas de tantos santos que a lo largo de la historia nos han precedido en este caminar hacia Dios.
Ante todo esto sólo cabe agradecerle a Dios proclamando ¡¡¡A ti el honor y la gloria!!!
Gonzalo Fernández